Lo que aprendí guiando ceremonias

Cuando empecé a guiar ceremonias, pensaba que mi rol era crear experiencias bonitas: velas, incienso, música suave, palabras inspiradoras. Tardé en entender que mi trabajo real es otro: sostener un espacio lo suficientemente seguro como para que cada quien se encuentre con lo que necesita encontrar.
A veces eso es alegría. A veces es llanto que llevaba años guardado. A veces es silencio incómodo y luego una claridad enorme. No depende de mí; depende de lo que cada persona traiga consigo ese día.
Lo único que puedo hacer es estar presente, no juzgar y confiar en el proceso. Y esa es la lección más grande que me han dejado los círculos: no se trata de arreglar a nadie. Se trata de acompañar.
Si nunca has participado en una ceremonia y la idea te llama, ven sin expectativas. Solo abre la puerta.

